El año 2025 marcó un hito en la evolución del Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA) en Chile. Con la plena entrada en vigencia de reformas anunciadas en años anteriores —y ajustes regulatorios derivados de la Ley Marco de Cambio Climático, el Acuerdo de Escazú y la creciente presión por justicia ambiental—, los proyectos mineros y energéticos enfrentaron un entorno regulatorio más exigente, transparente y territorialmente sensible. Ahora, en 2026, es momento de extraer lecciones clave que permitan anticipar riesgos, optimizar procesos y asegurar la viabilidad de nuevas iniciativas.

Mayor rigor en la evaluación de impactos acumulativos
Uno de los cambios más significativos en el SEIA durante 2025 fue el reforzamiento del análisis de impactos acumulativos, especialmente en cuencas hidrográficas, zonas de escasez hídrica y corredores con alta densidad de proyectos. La Dirección de Evaluación Ambiental (DEA) comenzó a exigir estudios comparativos que consideren no solo el proyecto aislado, sino su interacción con otros ya operativos o en evaluación. Esto afectó especialmente a proyectos mineros en regiones como Antofagasta y Atacama, y a parques solares en zonas con redes de transmisión saturadas.
Participación ciudadana más temprana y robusta
Con la aplicación progresiva del Acuerdo de Escazú, 2025 trajo una mayor exigencia en materia de participación anticipada (PACA). Aunque aún no es obligatoria para todos los proyectos, la DEA incentivó fuertemente su uso, y varios servicios públicos la consideraron criterio de admisibilidad. Los proyectos que no realizaron diálogos previos con comunidades —especialmente pueblos originarios o zonas rurales— enfrentaron observaciones masivas, retrasos e incluso retiros voluntarios.
Nuevos criterios climáticos y de transición energética
La Ley Marco de Cambio Climático dejó su huella en el SEIA: desde 2025, los proyectos deben incluir balances de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) más detallados y, en ciertos casos, planes de descarbonización alineados con las metas nacionales. Para el sector energético, esto implicó justificar la necesidad de tecnologías fósiles; para minería, demostrar eficiencia energética y uso de fuentes limpias en procesos críticos.
Fiscalización más activa y sanciones preventivas
La Superintendencia del Medio Ambiente (SMA) intensificó en 2025 su enfoque preventivo, realizando auditorías a proyectos en fase de construcción antes de que se generaran incumplimientos graves. Esto elevó la importancia de cumplir no solo con el RCA, sino con los cronogramas y metodologías comprometidas desde la DIA o EIA.
Lecciones para 2026: anticipación, integración y territorio
La principal lección del SEIA en 2025 es clara: el éxito regulatorio ya no depende solo de la ingeniería, sino de la capacidad de integrar dimensión ambiental, social y climática desde el diseño. Los proyectos que avanzaron con agilidad fueron aquellos que contaron con equipos multidisciplinarios, diagnósticos territoriales profundos y estrategias de participación genuinas.
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Héctor San Martin
Periodista

